domingo, 19 de octubre de 2014

En materia de lo que sea Pt. 1


Podría no ser la persona más instruida y quizás una de las menos leídas en mi carrera; no hay manera de disculparse por algo que no debe ser disculpado, simplemente es más sencillo intentar ver atrás y mirar cómo obtener algo de lo que ya se ha dicho, de lo que ya se ha hecho que llevar a cabo una tarea de auto conocimiento por medio del mismo “yo”; de cuánto nos estaríamos perdiendo hoy si aquellos grandes genios de antaño no hubiesen estado dispuestos a olvidar por un momento lo que todo el mundo sabía hasta entonces y a contradecirse a si mismos una y otra vez antes de lograr un perfeccionamiento de la técnica y del “yo” como ser irrepetible. Creo que el pensamiento personal deja de ser propio una vez que encuentras a otro individuo que ha dicho o defendido tus mismos ideales antes de que tu te atrevieras al menos a tomar un lapiz y garabatear con éste en las paredes. Nuestra individualidad deja de ser individualidad no solo desde que compartimos con alguien alguna corriente de pensamiento o idiosincrasia, sino deja de ser individualidad una vez que somos conscientes de ello; de que nuestra manera de ver el mundo y desenvolvimiento en éste no es tan única e irrepetible como hasta entonces.
Luego de llegar a tal revelación de nuestra triste condición de seres del “otro más” nos dedicamos a seguir, como resignados a ello, por un solo camino y a copiar, citar o incluso hurtar de la boca de otros ideas que quizás nosotros con la confianza otorgada por el “yo irrepetible” pudimos haber expresado mejor. Citar a hombres con mayor fama o con un más alto grado de sapiencia en alguna materia nos obliga inconscientemente a nosotros mismos a ser reducidos a un triste comparativo sin punto de comparación; a no respetarnos a nosotros mismos como posibles descubridores de una idea, sin importar si esta ya otro la había concebido, porque después de todo, no importa cuantos hombres ilustres, con mayores grados de estudio o de fama hayan ya elaborado estudios sociales o filosóficos sobre aquello que nosotros, de forma aleatoria logramos mentalizar, lo que importa es que seamos nosotros mismos los descubridores de ese pensamiento guiados por el conocimiento de nuestro yo irrepetible por medio del razonamiento lógico y el hermoso habito de preguntárselo todo.
Una vez que nos hemos enterado que otro ya había compartido nuestra idea es necesario nutrirnos con esos razonamientos y continuar nuestra propia corriente según las experiencias propias y el desenvolvimiento de nuestro conocimiento guiado por nuestro propio sentido lógico. El conocimiento del otro no deberá ser jamás impuesto ante nadie, ni aún siquiera por aquellos que en un principio podrían parecer pensar lo mismo; en el tema del hombre no debe existir un uno más uno, porque hemos al igual que nuestro ADN, nuestro pensamiento difícilmente podrá siquiera parecerse al de nuestro propio hermano de sangre.
Para nada me impongo a la importancia del conocimiento pasado o al descubrimiento de nuevos caminos por medio de aquellos, pero si me opongo a que mi “yo irrepetible” sea devorado por el fanatismo a una figura que como hombre o pensador merece el mismo respeto y atención que yo como individuo. Buscar en lugares que otros ya han buscado antes no nos hace tontos o menos hábiles por omitir sus ejemplos, sus pasos, sus leyes; pero nos convierte en niños dispuestos a descubrir por sí mismos cómo apasionarse por ese mundo ante nosotros que parece, y es de hecho, desconocido cada vez que nuevos ojos lo inspeccionan.