Podría no ser la persona más
instruida y quizás una de las menos leídas en mi carrera; no hay
manera de disculparse por algo que no debe ser disculpado,
simplemente es más sencillo intentar ver atrás y mirar cómo
obtener algo de lo que ya se ha dicho, de lo que ya se ha hecho que
llevar a cabo una tarea de auto conocimiento por medio del mismo
“yo”; de cuánto nos estaríamos perdiendo hoy si aquellos
grandes genios de antaño no hubiesen estado dispuestos a olvidar por
un momento lo que todo el mundo sabía hasta entonces y a
contradecirse a si mismos una y otra vez antes de lograr un
perfeccionamiento de la técnica y del “yo” como ser irrepetible.
Creo que el pensamiento personal deja de ser propio una vez que
encuentras a otro individuo que ha dicho o defendido tus mismos
ideales antes de que tu te atrevieras al menos a tomar un lapiz y
garabatear con éste en las paredes. Nuestra individualidad deja de
ser individualidad no solo desde que compartimos con alguien alguna
corriente de pensamiento o idiosincrasia, sino deja de ser
individualidad una vez que somos conscientes de ello; de que nuestra
manera de ver el mundo y desenvolvimiento en éste no es tan única e
irrepetible como hasta entonces.
Luego de llegar a tal revelación de
nuestra triste condición de seres del “otro más” nos dedicamos
a seguir, como resignados a ello, por un solo camino y a copiar,
citar o incluso hurtar de la boca de otros ideas que quizás nosotros
con la confianza otorgada por el “yo irrepetible” pudimos haber
expresado mejor. Citar a hombres con mayor fama o con un más alto
grado de sapiencia en alguna materia nos obliga inconscientemente a
nosotros mismos a ser reducidos a un triste comparativo sin punto de
comparación; a no respetarnos a nosotros mismos como posibles
descubridores de una idea, sin importar si esta ya otro la había
concebido, porque después de todo, no importa cuantos hombres
ilustres, con mayores grados de estudio o de fama hayan ya elaborado
estudios sociales o filosóficos sobre aquello que nosotros, de forma
aleatoria logramos mentalizar, lo que importa es que seamos nosotros
mismos los descubridores de ese pensamiento guiados por el
conocimiento de nuestro yo irrepetible por medio del razonamiento
lógico y el hermoso habito de preguntárselo todo.
Una vez que nos hemos enterado que
otro ya había compartido nuestra idea es necesario nutrirnos con
esos razonamientos y continuar nuestra propia corriente según las
experiencias propias y el desenvolvimiento de nuestro conocimiento
guiado por nuestro propio sentido lógico. El conocimiento del otro
no deberá ser jamás impuesto ante nadie, ni aún siquiera por
aquellos que en un principio podrían parecer pensar lo mismo; en el
tema del hombre no debe existir un uno más uno, porque hemos al
igual que nuestro ADN, nuestro pensamiento difícilmente podrá
siquiera parecerse al de nuestro propio hermano de sangre.
Para nada me impongo a la importancia
del conocimiento pasado o al descubrimiento de nuevos caminos por
medio de aquellos, pero si me opongo a que mi “yo irrepetible”
sea devorado por el fanatismo a una figura que como hombre o pensador
merece el mismo respeto y atención que yo como individuo. Buscar en
lugares que otros ya han buscado antes no nos hace tontos o menos
hábiles por omitir sus ejemplos, sus pasos, sus leyes; pero nos
convierte en niños dispuestos a descubrir por sí mismos cómo
apasionarse por ese mundo ante nosotros que parece, y es de hecho,
desconocido cada vez que nuevos ojos lo inspeccionan.
No hay comentarios:
Publicar un comentario